Si una mañana, aconteciera que aquello que intuyo como espíritu, debiera alinear lo corpo en pos de una epopeya de composición sonora y significante; una composición que confluyera en un decir pedagógico, orientante de aquello que debe acontecer en este lugar, en este día… quizás enunciaría palabras sonoras de este talante:

Hay dos lanzas que aquí nos atraviesan el corazón: la una, afilada y puntiaguda, manchada de sangre: la arqueología arquitectónica del poder; la otra, tan perfumada como abismante: la noción del vuelo almático y su fruición en el magma vital. Cual fue la primera que nos penetró, carece de sentido meditarlo.

Respecto a la primera, digamos lo siguiente: el encuentro almático entre la fragmentación que llamamos “distintos seres”, tiene una base siempre determinada, delineada, atravesada por una cierta cantinela de formas que se valen de construcciones de líneas rectas, curvas, acórdicas y melódicas. Pachebel es uno de los tantos rostros de ese sótano constante. Profesor-alumno es otro.

Es entonces una búsqueda de hilachas que deja suelto cada discurso de poder; encontradas, tirar de ellas, buscar que hilos se anudan con la hilacha, y zurcar como por un laberinto de ligustrinas un sendero que no tiene fin, ni tiene inicio. El camino, el desandar, para volver a andar resulta en definitiva el mayor anhelo del arqueonauta. En ese caos de algodón se pierde para encontrarse, se tropieza para reír y llorar con el mismo sonido.

Acontece a veces que de tanto vagabundear por los senderos de las formas del poder, el arqueonauta puede tentarse a dejarse hipnotizar por una sensación derrotista de determinismo, o quizás aún peor, de onanismo trosko-marxista. Un sentirse engranaje vil, un sentirse esclavo y derrotado. Ese determinismo se construye gracias a una telaraña de disciplinas varias: la sociología, la  antropología, la historia y demáses técnicas de análisis social de las cuales a veces se vale el arqueonauta para obtener datos para su andar errante, sumados a aquellas denominadas ciencias naturales y duras (química, física, matemática etc. Etc.). Estos dispositivos otorgan largos tratados de información y de periodismo soslayado, que emprendiendo la pantomima del tubo de ensayo, de la bata blanca, y de la “objetividad” brindan al arqueonauta tanto cuchillos, como también muros de contención vital y puentes que por varios y aparentemente diversos, no dejan de ser sólo sentencias tramposas y disimuladas de cómo supuestamente ES aquello que se palpita, y se escapa a cualquier fragmentación en categorías.

Entonces desde el cuento de que somos pedazos de una totalidad, de que el mimbre de una silla no es un chupetín, que el perro no es gato, que el suelo es sólo suelo, y lo demás se apoya sobre él, que un microscopio ve cosas que ojo no; hasta que algo que se llama yo es una junta quimérica de por un lado carnes, bilis, sangres pelos, uñas, y por otro un elemento impalpable e imperceptible, etéreo, puro, santo, incluso superior a lo antes listado; todo eso se inyecta en el magma vital que es el arqueonauta como un circo ambulante que de un día para otro se vuelve sedentario.

Con esa lágrima determinista, entonces nos encontramos con que el ojo yoico se topa con otros yo´s, otros bichos que guardan en su corazón la intuición de danzar algo extraño e incompleto, algo de impotencia vital, algo de un recuerdo de entusiasmo que cada vez es más breve, cada vez más inconstante, cada vez más insuficiente para ser un pharmacon digno de ser absorbido. Sin embargo, carencia de dignidad, no implica que no exista una aceptación cansina, aletargada, casi festejante de durar muchos años, antes que vivirlos.

Sucede que pensar que la piel es límite de lo que somos, frontera con todo “lo otro” implica, aunque soslayado, una salvaje disminución de la potencia vital en la que flotamos, más caótica, violenta y bella, que ordenada, educadita y con uñas cortadas.

Para este diagnóstico, nos encontramos con dos dispositivos claramente cercanos:

1.- Los predicadores de la muerte. Trasmutados en el modelo oficinista con queja.

2.- La potenciación payacesca del dispositivo yo.

 

Entonces, con estos dispositivos, por un lado vivir es sufrir, pero por el otro, con la suficiente dosis de ansiolíticos sociales, durar, vale más que morir. Ergo, duramos todo lo que nuestras técnicas nos lo permiten.

 

El corazón de quienes aquí pantomiman, su mitad arqueonauta, requiere un contrapeso a ese sentir extraño, mezcla de lágrima y león. Ese contrapeso, esa otra mitad de corazón, es tajeado por la segunda lanza. El arqueonauta es de contracara alma danzante, alma ávida de magma, alma que cortajea pechos, que arrasa campos, estalla composiciones, crea nuevas, se abanica con nubes, y se enchufa al entusiasmo con instantaneidad digital.

Allí se bebe ambrosía, regala gestos el ser, inocente, bello, y esencialmente es el amor lo que guía el canto. En rueda se baila, en cuadrados se salta, y en la retina vive un bicho que sentado le dice al padre que hay del otro lado del espejo. Mundo es espejo, espejo es dios, dios es eso. Eso es dios, eso es dios, eso es dios, eso es dios, eso es dios, eso es dios, eso es dios, eso es dios.